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You got a call…from Miami: otra manera de entender la obra de Yonlay Cabrera Quindemil

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El arte es un don que se tiene, o no se tiene. La disciplina, el estudio, la capacidad de trasformar en hechos ideas contundentes -y la habilidad para transmitirlas- socavando sensibilidades disímiles, también es un talento natural. Yonlay Cabrera Quindemil (Habana, 1988) es un creador auténtico y original, con capacidad e inteligencia suficientes para no pasar desapercibido. Recientemente graduado de Historia del Arte en la Universidad de La Habana, y con un impresionante currículo artístico, este creador inquieta a través de su obra.

Si bien estudió Artes Plásticas en su San Nicolás natal, Yonlay prefiere conducirnos por el camino de las letras y la palabra; el poeta que lleva dentro dicta el recorrido: su producción actual se distingue por el eficaz manejo del verbo en contextos aparentemente extra-artísticos. El conceptualismo como tendencia o rasgo perceptible dentro del arte posmoderno es una excusa en la producción de este novel artista. Indaga en complejidades de las comunicaciones interpersonales durante la era contemporánea; de manera que el lenguaje propio del SMS y el email son apoyaturas medulares en su discurso. La inmediatez, desenfado y coloquialismo, -distintivos dentro de dichas herramientas de comunicaciones extraverbales- resuelven un cuestionamiento constante: ¿hasta qué punto nos ha invadido la tecnología? ¿Han sustituido los ordenadores y sus infinitas posibilidades al intercambio o diálogo frente a frente? ¿Cuán enajenados estamos en la contemporaneidad? Y ¿por qué?

Cabrera Quindemil cuestiona pero no se asombra de nada; filtrea con la idea de expandir fronteras del arte -incluso del arte digital- por tanto, no le preocupa coquetear con avanzadas opciones que algunos software informáticos proveen. Anhela que su obra sea múltiple, provocadora, sui géneris…y lo ha conseguido. Ejemplo de ello es su más reciente exposición: Mi familia llama desde 15512 SW 39 St. Miami FL33185 (U.S.A), abierta al público el pasado viernes 30 de enero de 2015 en la galería Estudio 458.

Solamente unas horas duró la muestra, en consonancia con la idea curatorial de promover un arte efímero pero rotundo. Un arte que se nos antoja inmediato, impostergable; un arte irremediablemente libre y franco. Ese es el arte del Yolo (como le decimos sus amigos) y ese fue el arte que percibí en la galería. El espacio seleccionado se adviene a la intencionalidad de crear un nexo indisoluble entre el público asistente y la única pieza de la muestra. Ello significó para el artista semanas de preparación, de contactos con su familia residente en Estados Unidos –protagonistas anónimos del momento- quienes a la hora señalada, debían turnarse para llamarlo desde Miami, en cíclica sintonía.

Dentro de la galería, el asombrado público escuchaba un insistente tono de celular…un modelo moderno y high tech, enviado expresamente para dicha empresa. Mientras esto ocurría, a través de un también avanzado tablet, el espectador podía leer los disímiles emails que Yolo intercambió con su madre, su padre y hermano, donde explicaba su proyecto de exponer una obra donde la llamada telefónica ocupase el sitial de honor, y cuyo título fuese la dirección residencial verdadera de la familia. Comenzaba así la propia obra, no solo limitada a la llamada internacional, sino también a todo el proceso de elaboración y preparación, donde el artista maneja conceptos desenfadados de arte –de su arte-, al tiempo que expone sus más íntimos rituales de comunicación familiar.

Una arista dolorosa de nuestro arte e historia nacionales de devela en esta muestra: el flagelo migratorio. No solo descubrimos las más confidenciales y secretas revelaciones entre una madre y su hijo (el propio artífice) sino también la franqueza, la ingenuidad aparente y la sincronía que establece entre lo que se está leyendo (fragmentos de correspondencia electrónica) y lo que se escucha (la llamada entrante, la obra per se). Este autor maneja con sabiduría los delicados matices entre lo aparentemente frívolo y lo más desconcertantemente tierno. Muestra su vida al público, se adueña de los sentidos del espectador: debemos usar el oído, el tacto, la vista; va hacia ti, te pregunta socarronamente: ¿qué te pareció la obra? Y yo no puedo hacer más que reírme, abrazarlo y decirle a punto de llorar: ¡qué clase de metatrancoso eres compadre!!Me encantó! ¡De esto escribo, claro que sí! Y me despido, con mil preguntas y ni una sola respuesta. ¡Enhorabuena, Yolo! ¡Estás escapa’o!

Lic. Yudith Vargas Riverón

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